Tuve una vez un árbol o quizá más pero recuerdo siempre a aquel pequeño salvaje que me arañó la piel lo recuerdo más no sé si en las heridas o en la tristeza de arrancarlo de aquella orilla de la ciudad para llevarlo preso a la cárcel de mi patio ... allí murió de niño entre horizontes de pared. Tuve una vez un árbol también otros sauces del río , paraísos de veredas infantiles... pero a éste lo robé del suelo y por eso lo recuerdo siempre y también por sus espinas en mi piel y en mi alma de ladrón y carcelero.
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Un día de repente...
y de repente te amanece.......
y encontrás esa corriente que siempre buscaste
la que te mueve los sueños y construye remolinos
la que te da vuelo y nado
y te lleva siempre hacia adelante
y está al medio de todos tus días
la que calma la sed de tus orillas
y hace que todo viva
un día te amanece y el camino se ha curvado suavemente
la lengua de la corriente lo tuerce blandamente
y le calma la sed de aquellos días secos...
y juntos penetran el horizonte decididos
y se cambian las luces de la noche, las del miedo
y se cambian los brillos menores que confunden la sangre
las flechas de luz que hieren las sombras duras de las calles
y la luz verdadera se abre paso
creciendo y eclipsando a las luces del miedo
devolviendo el color imperceptiblemente
un día de repente despertás y estás vivo en el medio del río
y mirás a lo lejos a los brillos de la luz que nació desde el miedo
y ves dormir las sombras que te tuvieron preso
y sentís que tus brotes se despiertan olvidando el frío
y el temor es una cáscara seca que lleva la corriente
un brote que ya tuvo su otoño y ahora es un recuerdo que cruje mansamente
una sombra en las sombras
y caminás derecho con la sola curvatura del agua
que te ablanda el paso
un día de repente ves el color por fin de tu sueño despierto
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