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Una vez un árbol

 Tuve una vez un árbol o quizá más pero recuerdo siempre  a aquel pequeño salvaje que me arañó la piel lo recuerdo más no sé si en las heridas o en la tristeza de arrancarlo de aquella orilla de la ciudad para llevarlo preso a la cárcel de mi patio ...   allí murió de niño entre horizontes de pared.   Tuve una vez un árbol también otros sauces del río , paraísos de veredas infantiles... pero a éste lo robé del suelo y por eso lo recuerdo siempre y también por sus espinas en mi piel y en mi alma de ladrón y carcelero.                                                                                                            

una noche un gato...

Tuve una vez un gato...
dicho mejor: Hubo una vez un gato,
porque como dijo el Maestro Pablo:
“nadie es dueño de un gato”
hubo una vez, digo, un gato descolgándose
como un pedazo de noche por la tapia del fondo
una sombra de ojos verdes nos miraba desde el patio
allí tímidamente comió sus primeros bocados
timidez corta la del gato que dura
poco más de un salto
y en menos de un amanecer se adueña
de los pies de la cama y de tus pies
una visita mezclada de ausencias
me enseñó a ir y venir sin culpa
a no esperar y a desaparecer
maestro de confundirse con la noche
fuiste el sol de un tiempo luminoso
sol negro que se subió a la falda
que un día miraste la casa vacía
sin un almohadón donde tirar la siesta
mirabas las paredes frescas de pintura fresca
y el signo de pregunta de tus ojos
me apretó la garganta...
ahí quedaste sentado, apagué la luz
para mezclarte con la sombra
porque el signo es una horca
en la madrugada
pedazo de noche que con el alba
ya no estabas
sombra diluída en sol
que nunca has muerto.

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