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Buen viaje compañero-maestro

Hay otro plano donde se festeja que llegó un maestro que hará  coreografías de otra dimensión... seguramente... y quizá en alguna noche de enero veamos algunas estrellas bailar una sajuriana por lo pronto estamos tristes Laborde está de luto y hasta el cielo está llorando por estos días. ¡Tantas madrugadas compañero! Como dicen: éste no es el único baile que bailamos... y ahora estás armando otro baile que seguro será maravilloso.  ¡Buen viaje y buen baile compañero!  Gracias por tu inmensidad.                                                                          Dedicatoria   A la memoria de Héctor Aricó, Maestro y compañero de infinitas madrugadas.  

Como una sombra dulce- Manuel Castilla











Este trinchante oscuro, 
este espejo callado entre biseles, 
estos leones que nos miran sin ser buenos ni malos 
y ofrecen en sofás, repujados, 
cuernos de una fortuna rebalsante de frutos 
que nunca probaremos; 
esta mesa rayada, huesosa por el uso, 
llena de navidades que se lloran casi angélicamente, 
todo esto, digo, 
viene a mi corazón y lo enternece. 

 Lo pone blando. Se le entraña 
y le asienta de golpe 
la azulina memoria de la infancia. 

Entonces yo camino mi lagrimeante sangre. 
Reconstruyo esos días 
como láminas de oro. 
Cada niño era un astro dulcemente caído. 
Aquel era un bejuco increíble y al aire 
y éste un agua entre álamos 
calcando un cielo viejo. 

Era todo eso. 
Y era también la madre. 
(Un helecho recuerda todavía 
cómo fueron de tenues sus caricias. 
Un helecho de tul que vuelve desde el cielo 
y nos crece sonoro entre pequeños ángeles 
montados y volando sobre un cisne de greda en 
 la maceta). 

Era la madre entonces. 
La de los añonuevos. 
La que nos venía a ver desde sus muebles 
en los que había quedado adormecida 
y por donde vagaban recordándose 
las manos rosas de su casamiento. 

Desde esos muebles hondos 
las almendras con ella; 
desde el júbilo largo, los yaravíes con ella, 
las zambas airosas, con ella. Y más con ella 
la glicina soltando sus crespones de olvido. 
Por allí regresaba. 
Salía de esa madera invisible y palpable 
como una sombra dulce. 
Un recuerdo carnoso, parecía. 

 Un regreso de luz aquerenciada, era. 
Venía desde lejos entre espejos insomnes 
con la suavidad de los cielos dormidos. 

Salía desde sus muebles 
igual que desde un bosque 
labrado por volutas de pájaros. 

Un viajero levísimo, 
un viajero que nunca se nos fue, era ella. 
Por eso es que sentimos que la vida 
nos toca con sus manos todavía. 






 Manuel J. Castilla (del libro Los Poetas que cantan)

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