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Palomita de arcilla

 Allá a finales del 2013 me contaste de una palomita de arcilla que hiciste en un taller de cerámica y que nunca volviste a encontrar. Me vino la inspiración y me salió una historia y una canción. Y hoy casi 12 años después estás aquí a mi lado, compañera de vida y viajes y aventuras que siguen volando.  Creo que aquella palomita merece un homenaje aquí, en este sitio donde fui plasmando el mapa de mis andares.    Sueño de paloma de arcilla 7 de enero de 2014 a la(s) 13:45 Una paloma rígida de arcilla que pasó por el infierno aburrida en la sombra del suelo que le duele nunca perdió la esperanza de volar y no se quedó de alas cruzadas aunque estaban quietas por diseño más que por ganas el cielo le temblaba en la mirada mientras le dolía el suelo las patitas con hambre de ramas las plumas ausentes en la ausencia del duro volar de la cerámica ¿qué es esta jaula que me duele y no veo? preguntaba a sus días de repisa ¿qué son estas paredes ...

Como una sombra dulce- Manuel Castilla











Este trinchante oscuro, 
este espejo callado entre biseles, 
estos leones que nos miran sin ser buenos ni malos 
y ofrecen en sofás, repujados, 
cuernos de una fortuna rebalsante de frutos 
que nunca probaremos; 
esta mesa rayada, huesosa por el uso, 
llena de navidades que se lloran casi angélicamente, 
todo esto, digo, 
viene a mi corazón y lo enternece. 

 Lo pone blando. Se le entraña 
y le asienta de golpe 
la azulina memoria de la infancia. 

Entonces yo camino mi lagrimeante sangre. 
Reconstruyo esos días 
como láminas de oro. 
Cada niño era un astro dulcemente caído. 
Aquel era un bejuco increíble y al aire 
y éste un agua entre álamos 
calcando un cielo viejo. 

Era todo eso. 
Y era también la madre. 
(Un helecho recuerda todavía 
cómo fueron de tenues sus caricias. 
Un helecho de tul que vuelve desde el cielo 
y nos crece sonoro entre pequeños ángeles 
montados y volando sobre un cisne de greda en 
 la maceta). 

Era la madre entonces. 
La de los añonuevos. 
La que nos venía a ver desde sus muebles 
en los que había quedado adormecida 
y por donde vagaban recordándose 
las manos rosas de su casamiento. 

Desde esos muebles hondos 
las almendras con ella; 
desde el júbilo largo, los yaravíes con ella, 
las zambas airosas, con ella. Y más con ella 
la glicina soltando sus crespones de olvido. 
Por allí regresaba. 
Salía de esa madera invisible y palpable 
como una sombra dulce. 
Un recuerdo carnoso, parecía. 

 Un regreso de luz aquerenciada, era. 
Venía desde lejos entre espejos insomnes 
con la suavidad de los cielos dormidos. 

Salía desde sus muebles 
igual que desde un bosque 
labrado por volutas de pájaros. 

Un viajero levísimo, 
un viajero que nunca se nos fue, era ella. 
Por eso es que sentimos que la vida 
nos toca con sus manos todavía. 






 Manuel J. Castilla (del libro Los Poetas que cantan)

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