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Palomita de arcilla

 Allá a finales del 2013 me contaste de una palomita de arcilla que hiciste en un taller de cerámica y que nunca volviste a encontrar. Me vino la inspiración y me salió una historia y una canción. Y hoy casi 12 años después estás aquí a mi lado, compañera de vida y viajes y aventuras que siguen volando.  Creo que aquella palomita merece un homenaje aquí, en este sitio donde fui plasmando el mapa de mis andares.    Sueño de paloma de arcilla 7 de enero de 2014 a la(s) 13:45 Una paloma rígida de arcilla que pasó por el infierno aburrida en la sombra del suelo que le duele nunca perdió la esperanza de volar y no se quedó de alas cruzadas aunque estaban quietas por diseño más que por ganas el cielo le temblaba en la mirada mientras le dolía el suelo las patitas con hambre de ramas las plumas ausentes en la ausencia del duro volar de la cerámica ¿qué es esta jaula que me duele y no veo? preguntaba a sus días de repisa ¿qué son estas paredes ...

Don Abel



         Te conocí de niño. Yo le hacía los mandados a mi profe Deonildo; con quien hice mis primeros pasos en la guitarra. Iba a buscar libros de guitarra y otros instrumentos, a lo de "don Cabral", hombre serio, recio, de pocas palabras. 

Años después descubriría que tocabas la guitarra y que todo lo que vendías lo conocías por haberlo leído y ejecutado. Recuerdo cuando compré "Las cuatro estaciones" de Piazzolla (transcripción para guitarra), me dijiste: 

- Es jodido eso eh!-


Un día llamaste a la puerta de casa, atendí y ahí estabas... 

-¿ Está Marcelino?- 

Te referías a mi padre, quien se encontraba convalesciente, pues los médicos habían dado un pronóstico desfavorable (que yo ignoraba un poco). 

-Sí-

 te dije  

-Está en cama, pase.-

Charlaste un poco, y miraste mi guitarra que yacía abandonada arriba del ropero. Me preguntaste:

-¿Esa guitarra es tuya?-

-¿Me la prestás un rato?-

-Sí, claro!, te dije un poco sorprendido.-

Y ahí empezó el concierto. Luego de que te limaras las uñas con una caja de fósforos Ranchera.

Y empezaste a tocar... y pasó una hora, y pasaron dos. Clásicos, tango, folklore... no mediaban palabras, sólo música y aplausos de un público de tres: mi padre en la cama, mi madre sentada en la cama y yo.

Terminó el concierto y simplemente dijiste: 

-Bueno Marcelino, ¡espero que te mejores!-

-¡Gracias!-

dijimos los tres.

Varios años después, quizá ya estarías jubilado, te encontré en el Conservatorio asistiendo a clases de guitarra. Seguías estudiando.


Tengo entendido que a mi padre le habían diagnosticado poco tiempo más de vida, quizá meses.

Pasaron los años, tanto como veinticinco desde aquel concierto, y mi padre murió.

Un día empezamos a recordar con mi madre, la Ñata, acerca de aquel día. Solamente nos encojimos de hombros, y no dijimos nada. Quizá pensamos la palabra ¡Gracias!, por aquel mágico concierto, de entrecasa y de entrecama.

Y hoy, unos años después, de que mi madre, la Ñata, ya tampoco esté, te vuelvo a decir ¡Gracias! por aquella música que logró dos cosas de a poco: yo volví a tocar la guitarra, seguí yendo a comprarte libros (no sólo de guitarra), trabajé con ella en la música, y hoy jubilado, sigo con ella; y Marcelino, mi padre siguió con nosotros veinticinco años más.

                                                               ¡GRACIAS DON ABEL!



 

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